jueves, 3 de noviembre de 2011

Nada para merendar.

Un poco de nada para merendar,
plumas de almohadas ahogadas,
como la lluvia que grita bajo el mar,
sol desalojado y hojas arrastradas,
pan duro y mojado,
menos dientes, más caladas.
No hay hadas sin esperanza,
ni pena que cese sin fe,
no hay reinos sin calabazas,
ni reinas sin ajedrez.
Se derrumba el mundo que habitaba en mi cabeza,
¿la locura? tan sólo una pieza,
¿el tablero? tan sólo la luna,
la partida la pierde el primero que besa los pies de un don nadie,
a oscuras.
Vigilen, tan sólo vigilen.
Y busquen,
dentro de los troncos de los árboles viejos,
entre las raíces de lo más profundo,
busquen.
Y callen mientras lo hacen.
Yo no sé qué es rendirse, ni tampoco qué es luchar.
Pero sé a qué sabe un corazón a punto de sangrar,
a batalla de nadies que juegan a ser,
pero no son.
No son porque nunca lo fueron,
ni lo serán.
Batalla de llantos que quieren dejar de arrancarse miradas.
La mamma morta me llama.
Y, mientras, afuera, entre arrugas y canas,
bendigo a los que sufren el dolor ajeno
y pisan el suyo propio por puro ego.
Nada para merendar,
si no hay boca,
ni ganas.
Sólo almas untadas en tostadas de acero.
Fin de la partida, que empiece otro juego.
Porque el final de una cosa siempre es el principio de otra, dicen.
Poco importa si no sopla el viento.
Pidan una ambulancia si desentono en la próxima canción
y esperen a que pase el tiempo.
Y busquen,
debajo de las piedras y de los corazones,
busquen,
en la ceniza mojada de los oscuros callejones,
busquen,
dentro de las vaginas de las chicas violadas,
busquen,
en esos paraísos perdidos que empiezan cuando acaban.
Tan sólo busquen
y denme
algo para merendar.


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