domingo, 20 de noviembre de 2011

Amanece.

Vida es:
amanece,
y a la vez,
todo va y todo vuelve.
Hasta ahí, estamos de acuerdo,
pero no vengas a cazar ni con balas de agua,
se desatan los nervios, se camufla la rabia,
se me enreda la lengua (se me encasqueta el arma)
y se acaba la tregua.
Lejos queda esa paz interna hoy,
en un rato enciendo velas y apago la luz,
la realidad se está fumando un peta a mi salud.
Y no pregunto nada,
no quiero saber,
hoy no.
Hoy suenan tambores replicando cambios,
pero llueva o no llueva,
el reloj sigue caminando
hacia delante,
sin miramientos.
Y entonces me repito:
calma,
que suenan los tambores
y nadie,
nadie los calla.
Y si no suenan gritos,
habrá cuerdas vocales
en el suelo,
derramando la sangre
y buscando refugio y,
desde luego,
arrastrando alguna que otra palabra
entre mechones de cabellos.
Pero no importa,
hoy suenan nuevas melodías en mi cabeza,
que nada significan,
más que la vida sigue
porque siguen las rimas,
y no miro el espejo
para ver el fracaso,
ni lo que no refleja,
sino para peinarme
y nada más.
Y me planto,
y dejo que me rieguen,
y crezco entre las flores,
y me convierto en humo
y me asfixio en el polen
por no pedir ayuda
y dejar que me lloren.
Pero hoy no,
hoy llueve y me da gusto
estar bajo mi techo
mirando la ventana
sin mojarme,
pero sabiendo,
que si quiero,
sólo tengo que abrir una puerta,
bajar a a la calle
y empaparme
de vida y de muerte.
Amanece,
y a la vez, es todo vivo y todo inerte.
Pero las hojas del cuaderno pasan
porque alguien saliva entre sus dedos.
Miedo
de ver pasar la vida entre esas hojas
y darme cuenta de que yo las muevo.
Vida:
amanece,
y a la vez, anochece.
Y me cansé de metáforas, de corazones y de plumas de papel,
de esponjas secas y de libertades.
Los arañazos son profundos cuando la bestia tiene hambre.
¿Hay alguien?
Sí, hay alguien,
y a la vez, amanece.
Y no me creo eso de que nadie sabe nada,
porque nadie habla pero nadie calla.
Tanto y tanto que sembrar
y tantos callos ya sembrados al azar.
El ojo del huracán me llama
y no contesto,
hoy no.
Hoy olvidé quién soy
y recordé que no soy nadie.
Hoy perdoné al olvido
y castigué al recuerdo,
hoy respiré más aire
del que sostengo.
Camino
entre tambores y mi pulso,
indomable y feroz,
como el amor
y su contrario,
me alejan de la mancha negra de mi calendario.
Y me araña la espalda
un nuevo amanecer,
que roza el equilibro
y no se cae,
y no tropieza,
y se pasan las horas
más rápido que nunca,
y mis labios se pliegan
¿formando una sonrisa?
y amanece de nuevo,
y me siento confuso,
como después de un sueño
habiéndome dormido
en los laureles de tu ombligo.
Amanece,
y de nuevo la nube viene y va y desaparece,
y a la vez, el sol sale, tapando algunas cosas
y destapando otras,
y la noche regala sus estrellas,
y la luz de mis días se entremezcla
con la luz de la luna de mis noches,
y no sé si amanece
o si ya amaneció,
pero no importa,
hoy no.
La locura hace zumo de mí
y mientras me bebe,
amanece,
y a la vez,
todo va y vuelve.

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