martes, 31 de mayo de 2011

Llamémosle Equis. PARTE 1.

Perdonen mi intromisión, pero quisiera contar la historia de un amigo, llamémosle Equis.
Equis se levantó desconcertado, girando de un lado a otro y retorciéndose en sí mismo, arraigado a la pesadilla que lo mantenía dormido, sucumbido en esa oscura fantasía que ocultamos y que a veces sale a descubrirse, y agarrado a la esperanza de que, al menos, el sol había salido un día más. Luego, tras estirarse y abrir bien los ojos, subió la persiana y vio que llovía.
Porque siempre pasa lo mismo, cuando uno quiere sol, llueve.
Así que Equis pensó que ese día se iba a tener que mojar.
Y dijo: “Tengo alguna que otra inquietud guardada en el cajón de las cosas que no deben saberse y que, presas en su celda, que no es más que yo mismo, desean salir.”
Buscó de qué manera aliviar ese pinchazo en el estómago, ése que siempre está cuando sabes que las cosas no van bien.
¿Cómo podía Equis calmar esa ansiedad? Y recordó que tenía motivos para sentir esa ansiedad y que, en vez de enemistarse con ella, la escucharía. Igual que había escuchado durante toda su vida a sus profesores, a sus padres, a sus abuelos, a sus hermanos, al cura del barrio y a los políticos decirle qué era lo que tenía que hacer en cada momento.
Equis había pasado su vida mirando un metro por delante de su cara, con los ojos por fuera, casi pisándoselos. Y decidió que estaba cansado. Cansado de ver.
Había visto a personas en la calle durmiendo arropadas con tan sólo recuerdos que era mejor olvidar, con el dolor incrustado en las retinas de sus ojos, incapaces de expresar algo más que miseria, desconsuelo y dejadez. Había visto estampar la vida de algunos de sus amigos contra el suelo, lleno de pinchos caramelizados que endulzaban sus vidas y les hacían volar en un caballo con alas blancas. Había visto a parejas con años en la espalda, destrozadas por el paso y el peso del tiempo, hacerse añicos y convertirse en nada, en la nada más insignificante. Había visto al amor transformarse en odio. Había visto morir a niños y ancianos de igual forma. Había visto a una vaca llorar.
Y se cansó. Se cansó porque también había visto a hombres trajeados con chaquetas que costaban más de lo que él jamás había podido imaginar tener entre sus ya temblorosos e inútiles dedos.
Así que se cansó. Y calmó su ansiedad con lo de siempre.
A continuación, Equis se tiró por una ventana. Y mientras caía, se hizo de noche. Pero en vez de estamparse contra el suelo y pasar a mejor vida (porque sólo podía ser mejor), dejando su cerebro a merced de quien quisiera pisarlo, comenzó a volar hasta llegar a la azotea de un edificio lo suficientemente alto como para observar cómo violaban a una joven chica en una calle, como una familia entera dormía en una plazoleta tan sólo dos calles más allá y cómo varios policías porreaban a quienes le ordenaban.
Y comenzó a correr, saltando de edificio en edificio, obstruido por sus propios pensamientos, que volaban de un lugar a otro. Equis no quería pensar en nada, no quería saber si las cosas iban bien o mal, pero no podía evitarlo. Y pensaba. Pensaba todo el tiempo. Y mientras pensaba, seguía viendo. Y cuánto más veía, más pensaba. Pensaba en la relatividad. Y ésta le hacía sentir rabia. ¿Por qué todo tenía que ser tan relativo? ¿Por qué el doble sentido de las cosas no se unían y se transformaban en sólo uno, claro y concreto? Tal vez, así las nubes se marcharían y podría salir de nuevo el sol por la mañana. Pero no, ahí estaban: la relatividad de la justicia, la relatividad de la paz, la relatividad de la igualdad, la relatividad de los valores, la relatividad de lo correcto, y la que Equis menos soportaba: la relatividad de la verdad.
Porque si había algo que a Equis le doliese, era pensar que la verdad fuese tan relativa. La mentira siempre es más directa, más inequívoca, menos confusa. Y de pronto, volvió a sentirlo, ese pinchazo en el estómago. Y paró de correr. Y al detenerse, percibió cómo el suelo bajo sus pies se abría y él comenzaba a caer a un abismo oscuro y precipitado. Y el terror se apoderó de Equis.
Mientras caía sus oídos se taponaban y los párpados de sus ojos se cerraban. No había olores, ni sabores. Comenzaba a dejar de sentir.
Y cuando el final de la caída llegó, abrió sus ojos y observó que estaba en las alcantarillas de alguna calle que no sabía cuál era. Quería pedir auxilio, pero su voz había desaparecido. Sólo podía caminar y observar. ¡Qué agradable le parecía el mundo de antes comparado con este infierno que estaba viviendo! Pero ya no había marcha atrás.

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