martes, 31 de mayo de 2011

Llamémosle Equis. PARTE 2.

Tras mucho caminar, se quedó sin camino y encontró una especie de túnel. Éste se hacía cada vez más y más estrecho y oscuro. Y Equis se estaba asfixiando. No podía salir. No podía moverse. No podía sobrevivir. Porque aunque, hacía pocas horas se había arrojado por una ventana, ahora quería sobrevivir. Y, de pronto, comenzó a sentir de nuevo. Pudo oler la humedad que allí había y tocar su pegajoso y lúbrico sudor, y sintió una violencia y una lujuria hasta ahora desconocidas para él. Y notó cómo iba creciendo, aumentando su tamaño y desbordando el túnel. Rompió la tierra que lo cubría y regresó de nuevo al asfalto, engrandecido y agradecido a la miseria de la que venía.
Allí corrió hasta su casa, sorprendido por la velocidad y la magnitud de sus zancadas. Al llegar, Equis fue hacia el baño, desconcertado por su propio olor, sospechoso de que algo estaba sucediéndole y, allí, ante el espejo, observó que él ya no era él, si no una bestia inmunda y sucia.
Y se sintió, por primera vez, invencible, imparable. Y salió a comerse el mundo. Y de pronto, había sol.
Pero algo de su moral le atormentaba. No sabía bien qué era. Equis tenía poder y fuerza. Equis era temido. Equis comenzó a tener súbditos. Equis comenzó a imponer leyes. Equis ya no era Equis. Equis ahora era Y.
De vez en cuando, Y bajaba a las cloacas de donde había nacido, y recordaba, como quien recuerda a un hijo que ya se fue de casa, al antiguo Equis, al que había visto morir en aquel siniestro túnel. Pero por suerte, Y no conocía la añoranza. Y se sentía depredador. Y podía ver el sol cada mañana.

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