miércoles, 1 de septiembre de 2010

Y vuelve... Silencio.

Pobre de mí si sigo así con mi melancolía,
muero un poco cada día por un poco de alegría,
y qué le voy a hacer si he crecido con espinas en el alma,
perdido entre torres de Babel, persuadido por romper la calma.
Y no entiendo el sentido de estos versos,
hay tanto que liberar que se agita mi universo
ante la idea desorbitada de orbitar mi esencia
cruzando el río de la inocencia, que va perdiendo la paciencia.
Entre actos, que no acciones, se cuela el recuerdo,
burdo, serenamente insensato, aparotoso, y crudamente cuerdo,
pretendo permitir promesas sin palabras a este paladar
que para dar un beso, pregunta si está bien o mal.
Y vuelve la tristeza, catatónica,
iracunda, pendular, agónica,
histérica. Silencio.
Escucho los latidos de algún corazón que habita en mí,
sin razón alguna para oírlo, lo hago, ritmo sin fin.
Puedo volverme loco (más aún, dicen) y callarme,
agitar el pulso de las olas de mis ojos, desviarme
del camino de la auténtica moral inaccesible
que desafina cada estrella sin luz aún visible.
No entiendas nada, es mejor, yo no lo hago,
trago todo el barro que contemplo y me deshago
sin desahogarme de esta pena, inservible, sospechosa.
Una guitarra acústica llena de electricidad me desborda,
pena tener manos de duende y un alma sorda.
Cuento secretos en silencio, a mí mismo,
cabeceo entre dos muros de hormigón frente a un abismo.
Y vuelve la tristeza, esporádica,
enredada, ágil, prismática,
inquieta. Silencio.

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