martes, 7 de septiembre de 2010

Blasfemias. Parte 1.

No entiendo demasiadas cosas, y otras ni siquiera lo intento,
busca vacilante algo que me distraiga de la locura,
voy a pincharme las pelotas con un tenedor.
Esto no es poesía.
Estoy cansado de aguantar números (nunca letras) de personas,
que viajan de una parte a otra de sus mentes,
y nunca se traen souvenirs.
Que se alejen los pájaros sin alas que creen que volar a ras del suelo es algo "cool".
Me muerdo las uñas, en vez de la lengua, y la saliva me la trago a litros.
Joder.
Quiero partir ladrillos con las lágrimas.
Pero el mundo sigue y no para porque algún subnormal (como yo) guarde silencio y cierre los ojos. No.
Quiero tener cuerdas vocales balsámicas para gritar a pleno pulmón y no desgarrármelas.
La sangre es sangre hasta que deja de serlo. Y no quieras saber qué es después.
Dormir es para niños. Yo prefiero soñar.
Mi pasta de diente es mentolada. Cada día me gusta menos la fresa... algún trauma, supongo.
Poetas de pacotilla como yo buscan rimar y se dan cuenta de que sólo riman por vicio.
Démosle la vuelta al mundo y caigámonos sin gravedad hacia el espacio que está bajo nuestros pies, llenos de barro y fango. Sucios.
Suciedad y sociedad sólo se distinguen en una letra.
A veces digo "adiós" y no "hasta luego".

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