lunes, 26 de abril de 2010

Sin mirar atrás. (Relato breve)

Caminemos juntos de la mano y sin mirar atrás, dijiste,
y de pronto, mi mano estaba suelta y tú delante, guíandome,
mal comienzo.
Empecemos de nuevo, mejor,
a ver qué conseguimos,
que los ladridos de los perros no te asusten,
que sólo el eco de mi voz se quede en tus oídos,
o algo así, no lo recuerdo.
A ver, te dije, ¿hacia dónde vamos ahora?
No lo sé, eso es lo de menos.
¿Pero por qué este ansia de caminar y caminar
sin saber siquiera a dónde vamos?
Porque esto trata de eso, de un camino que te lleva a sitios,
no de sitios que requieren un camino.
Bonitas palabras, pensé, pero las cosas no funcionan así,
cada camino corresponde a un sitio, y es de locos,
de necios, de ciegos, adentrarse en ellos sin saber hacia dónde te llevan.
Vale, hacemos una cosa, propusiste:
yo voy por un lado y tú por otro,
y cuando lleguemos al punto final, volvemos y nos contamos la experiencia.
De acuerdo, dije sin más.
Y mi mano sola...
Caminé, y la única diferencia con respecto al anterior viaje
era que ya no tenía a quién preguntar a dónde íbamos.
¿Las respuestas estaban en mí? ¿O ni siquiera había respuestas?
caminé y caminé y el camino nunca acabó.
Pero, de pronto un día, sin esperármelo,
apareciste y dijiste: ¡ey! ¿te acuerdas de mí?
Estabas diferente, pero te reconocí.
¿He llegado al final del camino y por eso te encuentro de nuevo?
No, tu camino no se acaba aún, pero el mío sí.
Por eso te estaba buscando.
¿Y qué tal fue la experiencia? pregunté.
Hubo de todo, reí, lloré, canté, bailé, tuve miedo,
corrí, me enamoré, odié, estuve al borde de la muerte,
sentí miles de cosas.
¿Y al final del camino qué había? pregunté.
Tú, respondiste. Y agarraste mi mano.

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