lunes, 26 de abril de 2010

Lloro.

Lloro. Otra vez más. Inevitable para mí.
Justo en la cumbre, cuando más estaba creciendo.
No sé qué me arde por dentro, qué me quema,
qué me consume, me desalienta,
me atrapa, me agarra el alma y la devora,
la destruye, la hace añicos,
juega con ella al escondite y siempre gana,
no sé de qué se alimenta mi tristeza si apenas le doy de comer,
y está tan grande, tan crecida,
como antes, como siempre.
Lloro. Desconsolado. Solo.
Lleno de gente dentro. Nadie fuera.
Muero. El llanto grita dentro de mí.
Me muerde las encías, me sangran.
Mis ojos me escuecen, se cansan de vivir.
No quiero ver. Ni llorar.
Pero lloro. Y se me para el ritmo cardíaco,
pero sigue latiendo el corazón. A sus anchas.
Mis dedos se paralizan. Apenas puedo escribir esto.
El pecho se me encoge. ¿Es esto la muerte?
¿O es esto la vida? Llorar por un sueño,
por impaciencia, por deseo,
por nostalgia, por falta de fe, por insomnio.
Lloro de la mano del consuelo. Son uno mismo.
Y ninguno me sirve de nada.
Mi cabeza se agacha y mi boca no puede cerrarse.
Bostezo de tanto llanto. De asfixia.
Lloro por el deseo de parar de llorar y no poder.
Quiero quitarme la vida, pero la muerte no me quiere aún con ella.
No sé qué quiero, ni qué quieren de mí.
Sólo lloro. Por dentro, por fuera. En silencio, gritando.
Mi mente sangra. Y sólo quiero vomitar.
La desesperanza cautivadora coloca cada cosa en su lugar.
Caos. Confusión. Desastre.
Quiero romper una caja de música en mil pedazos.
Quiero embalsamar algún cadáver, junto al mío.
Tengo que guardar las apariencias.
Pero lloro. Y sigo llorando.
Y sigo aún más. Y no sé cuánto tiempo voy a estar así...

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