lunes, 26 de abril de 2010

La sangre es sangre.

¿Cuánta paciencia se necesita
para dejar de ver la realidad?
¿Cuántas batallas han de perderse
para admitir que todo va mal?
¿Cuántos silencios han de escucharse
para aceptar todo el ruido?
¿Cuánta sangre he de perder
para olvidar lo que he vivido?
¿Cuánta tristeza cabe en un alma,
que se refugia sola y perdida?
¿Cuántas lágrimas son necesarias
para sanar estas heridas?
¿Cuántas sorpresas desagradables
esperan a este estúpido ser?
¿Cuántas desilusiones más
me quedan por ver?
Estoy cansado, a decir verdad,
de pisar la tierra queriendo volar.
Estoy cansado de conformarme
de verlo todo, y luego alejarme.
Estoy cansado de decidir
si quiero o no quiero sonreír.
Estoy cansado de asimilar,
de tanta terapia, de tanta humildad.
¿Por qué complicar tanto las cosas?
La sangre es sangre, y la vida es corta.
¿Por qué llorar escondido del resto?
Que se oiga mi llanto y mis gritos al viento.
¿Por qué fingir que no pasa nada?
Si en vez de dormir, escribo hasta la madrugada.
¿Cuánta tardanza, cuánto desconsuelo
para entender que uno mismo es su cepo?
¿Cuánto nostalgia por lo que no está?
¿Cuántas palabras que sólo se van?
¿Cuánta absurdez, cuánta tontería?
¡Marchaós todos lejos de mi vida!

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